Ségolène Royal

Ségolène Royal: Imágenes y armas de mujer
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

La fulgurante ascensión de Ségolène Royal como candidata socialista a la presidencia francesa ha hecho acertar a Jean Marie Le Pen en su pronóstico de hace cinco años de que los socialistas terminarían por presentarla a la carrera presidencial, tras el estrepitoso fracaso de Jospin en la primera vuelta electoral. La familia socialista gala estaba enzarzada en luchas intestinas: Fabius, Strauss-Kahn, Hollande...; y de repente surge en el firmamento Ségolène, con una campaña electoral a lo Kennedy, una táctica que, sin duda, alcanzará sus más altas cotas cuando llegue la cita con las urnas en la primavera de 2007. Los viejos elefantes del partido han aceptado su derrota en las primarias y han dejado el paso libre a una mujer que tiene grandes posibilidades de lograr que la izquierda vuelva al Elíseo tras doce años de ausencia. Si finalmente Sarkozy se convierte en el candidato de la derecha, no lo tendrá fácil. Sus argumentos pueden ser impecables, sus apelaciones a la modernización de Francia irrebatibles, pero corre el riesgo de ser el candidato racionalista frente a la candidata de las imágenes y las emociones. ¿Qué podrá hacer un sesudo informe sobre la seguridad interior o el estado de la economía frente a alguien que hace de su feminidad su principal baza electoral?

Ségolène responde a veces en las ruedas de prensa en estos términos: “¿Me haría usted esta pregunta si fuese un hombre?”. Todo indica que su mismo perfil socialista quedará diluido ante el mensaje que se pretenderá transmitir: soy la candidata de las mujeres, la que ha vencido a los misóginos barones socialistas y ahora se enfrenta a otro misógino llamado Nicolas Sarkozy. Sencillez en los gestos y ropa “fashion”; amplia sonrisa y fervores ecológicos de una ex ministra de Medio ambiente; imagen tradicional de madre de cuatro hijos “compensada” por el hecho de no estar casada... En este cóctel de imágenes, en los que importa más el continente que el contenido, Ségolène lleva las de ganar y tiene amplias bazas para presentar como sumamente antipático a su adversario, sobre todo si éste es un hombre. El adversario le podrá acusar de no tener programa, de navegar en la ambigüedad... Pero, ¿quién es él para cerrar el paso a quien quiere pasar a la Historia y ser la primera presidenta de Francia? Porque Ségolène incluso puede arrastrar votos en el campo ajeno: ¿no se ha enfrentado a los burócratas y téoricos de manual de su partido? ¿No es casi una versión francesa de una líder de los demócratas americanos?

A Ségolène también la llaman la “Zapatera” del Poitou, pues ganó la presidencia de la región francesa del Poitou-Charentes casi al mismo tiempo que los socialistas vencieron en las elecciones españolas. Ha confesado que no le disgusta este apelativo porque en el fondo cree que Rodríguez Zapatero ha supuesto una profunda renovación del socialismo y alaba también a Blair como renovador, no por la guerra de Irak sino por sus políticas sociales. Algunos analistas llamarían a esto falta de ideas, pérdida de ideología por parte de la izquierda. En ciertos casos puede que sea socialismo posmarxista pero en otros da la clara impresión de ser socialismo premarxista, el que el propio Marx calificara despectivamente de utópico.

Pero no olvidemos en ningún caso que la carrera presidencial es hacia el Elíseo, un lugar dónde todos los presidentes son gaullistas, con independencia de su partido, y no están allí para inaugurar exposiciones de crisantemos, tal y como decía el general. Kennedy, Zapatero, De Gaulle y... Ségolène. Pero ahora tan sólo un mensaje a transmitir: que la ley sálica deje de imperar en el todopoderoso Elíseo.