Rusia, camino de la Organización Mundial del Comercio ¿Empieza la globalización?

Rusia, camino de la Organización Mundial del Comercio ¿Empieza la globalización?
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales

Se ha escenificado en Hanoi el que podría ser el primer paso de la entrada de Rusia en la Organización Mundial del Comercio. Si ésta efectivamente se produjera, situaría al gigante euroasiático en una encrucijada. El autor de este artículo es historiador y analista de relaciones internacionales

El jardín de los cerezos, la obra póstuma de Antón Chejov, estrenada en 1905, no sólo nos presenta tipos humanos universales, sino que transmite también sensaciones de algo que empezaba a cambiar en Rusia en la época de lo que se ha llamado la segunda globalización de la Historia: los años que precedieron al cataclismo bélico y social de 1914. Rusia se estaba abriendo a las inversiones extranjeras: franceses, alemanes, británicos, acudían con desaforada fiebre compradora... Estos indicios de apertura al exterior podían presagiar futuros cambios en un país en el que la libertad y la propiedad rara vez han estado unidas, tal y como señala Richard Pipes. Es sabido que la guerra y la revolución frenaron todas aquellas expectativas y fomentaron, además, el espejismo de que es posible modernizar sin quitar los cerrojos de las puertas.
Se puede recordar la efímera experiencia de apertura económica de hace un siglo. Al hilo de la noticia, un tanto sorpresiva, de días atrás, parecen allanarse los obstáculos para que Rusia ingrese en la Organización Mundial del Comercio (OMC). El ingreso requiere la unanimidad de los países miembros, entregados a negociaciones bilaterales y multilaterales con el país aspirante. Ni qué decir tiene que la postura de Estados Unidos es crucial para ingresar en este club de la globalización, compuesto por más de un centenar de Estados, pero en el que unos pocos tienen un activo protagonismo. De ahí que la pasada Cumbre del G-8, en San Petersburgo, resultara decepcionante para los rusos: Washington no terminaba de dar vía libre a un acuerdo bilateral de comercio, indicio claro de que Moscú podría ver facilitadas sus aspiraciones de ingreso en la OMC. Pero los norteamericanos han puesto ahora fin a sus objeciones y han escenificado en Hanoi, el pasado día 18, en el marco de la Cumbre Asia-Pacífico, el fin de las desavenencias comerciales con Rusia por medio de la firma de un acuerdo que abarca los capítulos de la agricultura, los bienes industriales, los servicios y la propiedad intelectual. Otra cosa será que algunos legisladores demócratas intenten obstaculizar el acuerdo con legislación adicional sobre las relaciones comerciales ruso-americanas, y que algunos de ellos aleguen que la situación de los derechos humanos en Rusia no puede desvincularse de las relaciones económicas, postura que nos recuerda ciertos momentos de la Guerra Fría. Pero más allá de los imperativos éticos, en la postura de algunos congresistas se perciben también más simpatías por el proteccionismo -que siempre da réditos electorales- que por el libre comercio.

Puerta abierta a la globalización

Si Rusia ingresa en 2007 en la OMC y respeta sus compromisos, se podría decir que este país empezaría a entrar realmente en la órbita de la globalización. La OMC no significa sólo un atractivo cauce para las exportaciones de productos nacionales, en particular los energéticos, sino que también implica la apertura de la economía rusa a las inversiones extranjeras, incluso en sectores tradicionalmente sensibles para un Estado tan orgulloso de su soberanía como la banca o las telecomunicaciones. Esto es mucho más decisivo para el futuro que la apertura del mercado ruso al maíz, el trigo, los productos ganaderos, o la maquinaria industrial de los norteamericanos. Y es que el acceso a la OMC debería hacer reflexionar a Rusia sobre el hecho de que está en una encrucijada decisiva. Puede elegir el camino sencillo, el de apostar casi en exclusiva por la seguridad energética, pues tiene clientes seguros y dependientes, como Europa y China. Esta opción traerá el espejismo de creer que se cuenta con unas finanzas sólidas, símbolo de un Estado que evita el endeudamiento e incluso hace inversiones estratégicas en el extranjero. ¿No nos recuerda esto al mercantilismo europeo de los siglos XVI y XVII, o a las políticas de algunos miembros de la OPEP en décadas pasadas, que tuvieron un brusco despertar con la caída de los precios del crudo?

La otra opción para Rusia es la más arriesgada: inversiones propias y extranjeras para crear nuevas industrias y reconvertir las existentes, sin abandonar, por supuesto, las exportaciones energéticas. Ésta sería la elección que acercaría verdaderamente a Rusia a Europa, en vez de quedarse como hasta ahora en la tierra de nadie euroasiática, sobre todo cuando la demografía no juega a su favor en los territorios de Extremo Oriente. Todo un cambio radical, porque también implicaría reformas legales y administrativas de gran calado. Ingresar en la OMC podría ser un paso para avanzar por esta senda y que Rusia se incorpore verdaderamente a la globalización, tal y como lo han hecho China y la India. En cambio, aferrarse a euroasianismos y geopolíticas de corte clásico no situará a Rusia entre las grandes potencias del siglo XXI.