Medio siglo de la crisis de Suez: Lecciones pasadas y presentesSe ha cumplido medio siglo de la crisis de Suez, de la intervención militar franco-británica que fue la respuesta a la nacionalización del canal por el presidente egipcio Nasser. En muchas cosas no parece haber pasado el tiempo: prosigue el conflicto israelo-palestino; Israel es visto con hostilidad por sus vecinos árabes; hay resentimiento de la calle árabe hacia Occidente, ayer por Suez, hoy por Irak... El panorama de Oriente Medio es tanto o más sombrío que entonces. Mas la crisis de Suez, en un cierto paralelismo con la de Irak, trajo también como consecuencia una fractura de las relaciones entre EEUU y Europa, aparte de contribuir a condicionar los respectivos papeles de Francia y Gran Bretaña en el proceso de integración europea.
Se cuenta que tras el final de la crisis, Antoine Pineau, ministro francés de Exteriores, comentó al canciller Adenauer: “Europa será nuestra venganza”. Era una alusión directa a la actitud americana durante los hechos. El presidente Eisenhower, el mismo que una década antes participara como jefe militar en la liberación de Europa, no estuvo del lado de sus aliados franceses y británicos que veían sus intereses nacionales lesionados. Pero era año de elecciones presidenciales en las que Eisenhower se jugaba la reelección: la opinión pública americana veía lo de Suez como una cuestión neocolonial, un enfoque no muy diferente de los países africanos y asiáticos que entonces accedían a la independencia. Washington no podía consentir que la propaganda soviética le presentara en aquel Tercer Mundo naciente como cómplice de los imperialistas europeos. No le quedaba otra salida que desviar la cuestión a las Naciones Unidas, en cuya Asamblea General era mayoría la constelación de nuevos Estados, que no querían entender si la nacionalización del canal era conforme o no al Derecho Internacional. Sólo entendían la voz del nacionalismo frente a cualquier forma real o supuesta de neocolonialismo, y por supuesto el bloque soviético les apoyaba desviando de paso las miradas a la represión de los anticomunistas húngaros que coincidió con la crisis de Suez.
La actitud de Washington serviría para alimentar la futura Francia gaullista opuesta a la presencia de los americanos en Europa, aunque seguramente también habría surgido sin Suez. En cualquier caso, la CEE nació tan sólo seis meses después de la crisis. Surgió también por el convencimiento de que las potencias europeas por sí solas poco tenían que hacer en el mundo bipolar de la guerra fría. Sin embargo, Suez sirvió además para distanciar a Gran Bretaña de Europa aunque en 1973 fuera admitida en el club europeo. Desde entonces Londres no emprendería ninguna aventura exterior sin el beneplácito de Washington: las Malvinas, Afganistán, Irak... Blair quiso, pese a todo, situar a su país entre los pilotos de la nave europea, mas su implicación en la guerra de Irak le distanciaría de una Francia que en el fondo seguía pensando, como decía De Gaulle, que los británicos son el caballo de Troya americano en Europa.
Hoy la eurofilia británica pasa por sus horas más bajas con un Blair en la puerta de salida de su residencia de Downing Street. Las perspectivas crecen en cambio para el euroescepticismo, y dará casi lo mismo que gobiernen Gordon Brown o Cameron. Las cosas no se presentan mejor en Francia donde Sarkozy sería el único candidato presidencial atlantista, pero habrá de matizar su discurso ante una opinión pública que tiene el antiamericanismo entre sus rasgos definitorios. Si se impusiera al final la socialista Segolène Royal, escucharíamos el habitual discurso de “Más Europa”, que entre nuestros vecinos significa sobre todo “Más Francia”, acompañado de una cordial frialdad hacia Washington.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales