Iberismo y euroiberismo

Ni el Pacto Ibérico ni los gobiernos socialistas han servido para construir por sí mismos un proyecto iberista

Antonio R. Rubio Plo

En los inicios del siglo XXI se podría pensar que el iberismo era una reliquia del pasado aunque en sus tiempos dorados contara entre sus partidarios a escritores y políticos españoles de la talla de Unamuno, Valera, Castelar, o Pi y Margall, sin olvidar entre los portugueses a Oliveira Martins o Antero de Quental. En cambio, en la actualidad no sería fácil —salvo en círculos académicos especializados y entre algunos periodistas— encontrar en España iberistas reconocidos aunque Portugal sigue renovando los suyos y entre los intelectuales destacan José Saramago, Eduardo Lourenço y Antonio Lobo Antunes, mientras que entre los políticos estarían los socialistas Mario Soares y Mario Lino. Este último es ahora ministro de Obras Públicas, Transportes y Comunicaciones, y llegó a declararse en Santiago de Compostela como un “iberista confeso” con ocasión de una conferencia en la que presentaba el proyecto de AVE Oporto-Vigo, y exponía la importancia de las infraestructuras para un mayor acercamiento entre Portugal y España. Estas declaraciones le han acarreado ahora a Mario Lino una denuncia ante la Procuraduría de la República por supuesto delito de “traición a la patria”.

En esta España de debates y crispaciones sobre la organización territorial del Estado a nadie parece interesarle anexionar Portugal, que es lo que algunos en el país vecino parecen entender por iberismo: España, por no decir el fantasmal centralismo castellano, fagocita a la nación lusitana. La realidad es que todo nacionalismo suele construir sus discursos con el rechazo o la sospecha hacia los otros, y los pálpitos nacionalistas suelen ser más fuertes que cualquier armonización o similitud entre ideologías y regímenes políticos. Ni el Pacto Ibérico de1940 ni la democracia parlamentaria ni los gobiernos socialistas han servido para construir por sí mismos un proyecto iberista. Mas también es cierto que hay españoles que ven en la posible deriva federal o confederal española una vía hacia el iberismo entendido como una federación de pueblos ibéricos tal y como lo concebían, por ejemplo, Teófilo Braga, presidente del gobierno provisional de la República portuguesa en 1910, o los anarquistas españoles de la FAI. En ambas percepciones, el iberismo es un peligro que amenaza la identidad nacional.

Pero el iberismo de nuestros días ha de ser práctico, menos político y más económico y social. Ha de ser, ante todo, un euroiberismo que se derive de la común pertenencia a la UE, un iberismo que aumente el mutuo conocimiento de las dos sociedades. Tendrán que contribuir tanto los Estados como los respectivos empresarios: no sólo los españoles han de ser activos en el mercado portugués sino que los portugueses tienen que implicarse más en el mercado español en la medida de sus posibilidades. Este euroiberismo ha de ser abierto al futuro para superar esa visión de corte historicista que algunos analistas tienen de España: al hilo del debate estatuario español llegan a recordar los sucesos de 1640 en Cataluña y Portugal o la hostilidad de la monarquía de Alfonso XIII al régimen republicano. Pasan con facilidad a enlazar el pasado con el desembarco de empresas españolas al amparo del mercado único europeo. Por el contrario, en España hay gran desconocimiento de la realidad portuguesa y ésta tampoco se refleja en los medios informativos salvo alguna que otra noticia económica. Fluyen más que nunca el comercio y el turismo pero nuestras sociedades no acaban de conocerse del todo.

Cabe preguntarse si detrás de la desconfianza portuguesa hacia el iberismo, no está lo que Durao Barroso llamara “lusopesimismo”. En lo social es probable que muchos portugueses hayan pasado bruscamente de una sociedad tradicional a la posmodernidad con la consiguiente sensación de vacío y falta de proyectos vitales. En lo económico ese pesimismo también tiene que ver con una Europa en la que los nuevos miembros pueden crecer más que Portugal. Los 22.500 millones de euros en fondos comunitarios hasta 2013 se presentan así como las últimas gotas de un manantial que se seca, y mientras la previsión de desempleo es del 7,7%. Lo cierto es que sin inversión no hay empleo. ¿Sirve entonces el euroiberismo?