El fallido golpe de Estado contra Gorbachov en agosto de 1991 no sólo trajo como consecuencia la caída del régimen soviético sino también las independencias de las repúblicas integradas en la URSS. Una de las más tempranas fue la de Ucrania (24 de agosto), un hecho que conectaba históricamente con los acontecimientos que siguieron a la revolución de octubre de 1917, momento en que Ucrania conoció una efímera independencia, al poco tiempo frustrada pese a las promesas bolcheviques de autodeterminación de los pueblos. Y es que el poder leninista no se movía únicamente por criterios ideológicos: también lo hacía por criterios estratégicos o pragmáticos. Tales criterios –necesarios para la pervivencia de los ideológicos- pasaban por el control de las riquezas cerealistas de Ucrania o de los recursos energéticos del Cáucaso: toda posibilidad de secesión quedaba excluida en aras de la supervivencia del régimen. Pero el nacionalismo ucraniano sobrevivió, pese a las atrocidades del estalinismo o de la II Guerra Mundial, y finalmente llegaría una independencia que suponía la separación entre Ucrania y Rusia, unidas políticamente desde 1654, aunque ya en el siglo XVIII Voltaire señalara que Ucrania siempre había querido ser libre, pese a estar sometida al poder moscovita.En estos quince años de independencia se ha planteado una eterna cuestión: ¿Ucrania debe elegir entre Rusia y Europa? Estuvimos a punto de creer que la revolución naranja de noviembre de 2004 significaba que Ucrania se había decantado por Europa. Ahora, tras el reciente nombramiento de Víctor Yanukovich como primer ministro, podríamos creer lo contrario: Rusia habría ganado la partida y el candidato derrotado, tras la revolución naranja, se impone sobre un presidente Yushchenko, el vencedor de aquellos días, que ha visto además recortado sus poderes tras una reforma constitucional que hace de Ucrania una república parlamentaria. ¿Es Yanukovich el hombre adecuado para la estabilidad del país? Su Partido de las Regiones, representante de las poblaciones rusófonas de la Ucrania Oriental, sigue estando asociado por algunos analistas a la época del presidente Leonid Kuchma (1994-2004), marcada por la corrupción y los escándalos políticos, pero tales lacras también han sido asociadas al entorno de Julia Tymoshenko, gran protagonista de la revolución naranja, y cuya salida del gobierno ha hecho posible la más impredecible de las combinaciones políticas: que el presidente Yuschenko encargara formar gobierno a Yanukovich. La otra alternativa era anticipar unas elecciones que difícilmente hubieran superado la división radical del electorado ucraniano. No es extraño que en los últimos años la población, sobre todo en las zonas occidentales, optara por la emigración o expresara con elevados niveles de abstención su decepción por los políticos. No sin razón se ha dicho que la revolución naranja ha sido devorada por sus propios hijos...
El gabinete de Yanukovich incluye, sin embargo, a reformadores en sus filas, y en concreto dos nombres significativos: Boris Tarasiuk (Asuntos Exteriores) y Anatoly Hrytsenko (Defensa). Se encontraban ya en el anterior gobierno, y su permanencia en el actual es expresión de una continuidad en el acercamiento de Ucrania a la UE y a la OTAN, aunque el acontecimiento más próximo en el tiempo, el que nos demostrará si el país se perfila como una auténtica economía de mercado, tendrá que ser el ingreso en la OMC, algo que la propia Rusia no termina de conseguir. Lo que no acaba de encajar es el deseo de ingresar en una organización de libre comercio con los planteamientos proteccionistas que siempre ha tenido el partido de Yanukovich, vinculado a los intereses de la minería y la siderurgia de la Ucrania Oriental. Ni que decir tiene que el puesto clave en este asunto es el de ministro de Finanzas, ocupado por Mykola Azarov, que también es viceprimer ministro y destacado dirigente del Partido de las Regiones. No es difícil pronosticar que el presidente Yuschenko tenga que echar mano de sus prerrogativas de veto si considera que las reformas se están paralizando. En cualquier caso, todo puede ir más lento si interviene adeás el Tribunal Constitucional, potenciado en la última reforma constitucional. Está claro que los triunfadores de la revolución naranja, que querían un parlamentarismo a la occidental y no un presidente autoritario, no contaban con la posibilidad de la cohabitación política.
Ucrania es país de frontera y de equilibrios. Concebir una Ucrania exclusivamente occidental, al margen del pasado que la vincula a Rusia, es una opción poco realista. Un acuerdo de libre comercio con la UE no tiene que ser necesariamente incompatible con otro que asocie a Ucrania con Rusia o Kazajistán. Pero menos realista es todavía pensar en una Ucrania que tome el camino de Bielorrusia y dé la espalda a Occidente en beneficio de Moscú. Sin embargo, hay quien piensa que ésta puede ser una opción, dado que Bruselas parece haber cerrado las puertas de la ampliación. Pero Kiev debería aprovechar todas las posibilidades de ese nuevo instrumento que es la Política Europea de Vecindad, sin dejar de postular su adhesión. Respecto a la OTAN, habría que preguntarse qué alianza es exactamente aquélla en la que los reformistas ucranianos aspiran a entrar: ¿de seguridad cooperativa o de defensa colectiva? Conforme los miembros de la OTAN van aumentando, la finalidad de defensa colectiva se hace más difusa, y el espacio euroatlántico se transforma en un espacio para la cooperación ante las amenazas comunes como la del terrorismo global. No obstante, de la próxima Cumbre de la Alianza en Riga (noviembre de 2006), no cabe esperar mucho más que palabras de aliento para la candidatura ucraniana. Ni Kiev –ni Moscú- pueden esperar sorpresas. Después de todo, las futuras adhesiones de Albania, Croacia y Macedonia no son tan comprometidas como las de Ucrania. Mientras tanto, Yanukovich y su Partido de las Regiones se conformarían con un referéndum sobre la OTAN en el que el resultado fuera negativo.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales