Orhan Pamuk: un crítico de la modernización por decretoEl Premio Nobel de Literatura ha recaído sobre un gran prosista de nuestro tiempo, capaz de combinar realidad y ficción en la línea de un Borges o un Italo Calvino, un gran experto en la introspección de personajes a la manera de Proust o Faulkner. Literatura en estado puro, encuentro entre Oriente y Occidente, indagación en las raíces del pasado para encontrar claves de futuro. Sin embargo, Pamuk también nos invita a reflexionar sobre el destino de Turquía y su papel en Europa, aunque su popularidad dentro y fuera de su país no oculta la soledad del intelectual, de alguien que rechaza por igual el islamismo político y el nacionalismo autoritario.
Desde el principio de su carrera literaria, en novelas como La casa del silencio, Pamuk ha reparado en algunas de las paradojas que entraña la modernización por decreto, tal y como se produjo en la Turquía de Atatürk. Uno de los personajes de la citada novela llega a una simplista conclusión: el progreso técnico de Occidente es consecuencia de la muerte de Dios. La modernización pasa, en consecuencia, por el eclipse de la religión, en este caso la musulmana, lo que conlleva la muerte de una cultura y de un pasado, el de la Turquía otomana. No olvidemos que estos planteamientos también han sido ensayados en países de tradición cristiana por medio de “ingenieros sociales” de todos los colores que consideraban lo religioso como una etapa superada de la evolución histórica. Pero Pamuk ha subrayado que modernización no es el equivalente a liberalización o a democratización. De hecho, cualquier estudioso serio de la historia del pensamiento político podría atestiguar que el fascismo y el comunismo son hijos espurios de la modernidad. Por tanto, la obra de Atatürk habría supuesto el triunfo de un nacionalismo autoritario, de un jacobinismo que quería hacer tabla rasa de todo lo anterior a la República proclamada en 1923. En expresión del autor, se pretendía crear una Turquía de la nada con un simple fiat. Mas de aquellas transformaciones no salió otro Japón –tampoco salió del Irán del Sha-, y las reformas siempre se quedaron cortas según los estándares occidentales. El resultado sería una frustración que sólo podía alimentar al islamismo político, que en 2002 llegó al poder en Turquía y que convive –no sin grandes tensiones- con la República laica.
El islamismo político también se opone a Pamuk, pues le reprocha que su interés por la historia turca no va más allá de unas formas literarias de marcada influencia occidental. Está claro que a nuestro autor no le atrae un Islam político, pues fue educado en un ambiente laico, en el de la clase acomodada que debió su ascenso a la República de Atatürk. De ahí que valore la religión únicamente como un factor cultural y social. En cambio, a Pamuk parece fascinarle una determinada Turquía, o mejor dicho un determinado Estambul en el que se resistía desaparecer la huella de Constantinopla o Bizancio. Hay mucho de visión idealizada, pues tampoco faltaron las sombras. Más en la capital otomana de principios del siglo XX convivían cristianos ortodoxos, armenios, judíos, católicos y protestantes extranjeros, además de las creencias sufíes y de los cultos en las mezquitas imperiales. Todo eso se lo llevó consigo la revolución republicana de Atatürk que arrebató la capitalidad a Estambul y la llevó a la meseta de Anatolia, del mismo modo en que los bolcheviques sustituyeron a San Petersburgo por Moscú. Modernización y a la vez alejamiento de Europa
Antonio R. Rubio Plo
historiador y analista de relaciones internacionales
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Hungría 1956-2006: Revueltas anticomunistas y poscomunistas
El 23 de octubre de 1956 marca uno de los grandes hitos de la historia de Hungría; señala el comienzo de doce días en el que los húngaros asombraron al mundo por su determinación de afirmar su independencia nacional frente al ocupante soviético y al régimen que había empobrecido su próspera agricultura y les había condenado al hambre, la penuria y a un gris horizonte vital. La emoción pudo más que todos los cálculos sobre la desproporción de fuerzas en aquel atardecer del martes 23 de octubre, cuando miles de manifestantes se reunieron en la Plaza de los Héroes de Budapest–torpemente rebautizada por el régimen como Plaza Stalin- y algunos recitaron unos versos del poeta nacional Sandor Petöfi, héroe de la fracasada revolución de 1848, que servirían para enardecer a un pueblo no resignado a ser víctima pasiva de las decisiones extranjeras que habían dividido a Europa en dos mitades. Los versos de Petöfi penetran por las gargantas y los ojos de los congregados: “Arriba, húngaros, la patria os llama. Ha llegado el momento, ahora o nunca. Juramos por Dios que no volveremos a ser esclavos. ¡Jamás!”. El ex primer ministro antiestalinista, Imre Nagy, que se encuentra en un balcón donde es aclamado por la multitud, intenta comenzar un discurso con el habitual apelativo de ¡Camaradas!, mas en décimas de segundo se corrige a sí mismo con un ¡Ciudadanos! Ejemplo significativo de que la revolución húngara no pretende un simple cambio de gobierno sino de régimen. Es algo que el Kremlin no puede tolerar, pues aunque Jruschov haya denunciado el estalinismo, sus métodos perviven. En todo caso, la lucha es desproporcionada. Tal y como afirma el periodista y poeta Thomas Orszag-Land, entonces un joven protagonista de dieciocho años, el núcleo de la resistencia a los tanques soviéticos estará protagonizado por unos 10.000 jóvenes no entrenados para el combate, que en muchos casos no superan los veinte años de edad. El ejército húngaro permanecerá, sin embargo, acuartelado mientras se produce la sangrienta represión soviética. El balance final es de más 20.000 condenas a muerte, decenas de miles de encarcelados con represalias extensivas a sus familias, y el exilio para más de 200.000 personas. Sin embargo, el recuerdo de aquella revuelta patriótica estará presente en 1989, cuando los comunistas húngaros, al amparo de la nueva política de Gorbachov, harán posible un cambio pacífico desde arriba que devuelve a Hungría su lugar en Europa. Incluso Janos Kadar, secretario general del PC húngaro puesto por Moscú en aquel otoño de 1956, reconocerá públicamente al final de su vida política la injusticia de las condenas impuestas entonces a los patriotas sublevados.
Ha pasado medio siglo y Hungría pertenece a la UE con todas las dificultades de una economía en transición. Budapest es una capital en expansión urbanística y un gran foco de turismo en el Viejo Continente, aunque todavía pueden verse agujeros de bala en algunos de los edificios públicos y bloques de vivienda en el centro de la ciudad. Más allá de estas improntas materiales, se ha hablado del espíritu del 56 en las revueltas callejeras que se iniciaron en septiembre contra el primer ministro Ferenc Gyurcsany, que encabeza una coalición socialista-liberal. La oportuna –o inoportuna- filtración de una grabación en la que el gobernante admitía haber engañado al electorado ocultándole los sacrificios económicos originados por su ingreso en la UE, movió a la oposición conservadora a lanzarse a la calle noche tras noche para pedir la dimisión de Gyurcsany. Actos de vandalismo ligados a seguidores del club Ferencvaros se mezclaron con las protestas políticas en las que la policía tuvo que emplearse con contundencia empleando cañones de agua y gases lacrimógenos. Sin embargo, el presidente húngaro Laszlo Solyom rechazó firmemente las comparaciones entre los revolucionarios de hace medio siglo y los manifestantes actuales al insistir que entre los primeros no había delincuentes.
Si los manifestantes poco tienen que ver con los del pasado, los políticos sí que tienen una estrecha relación con la era comunista. Tanto Gyurcsany como Viktor Orban, líder de la oposición, militaron en las juventudes comunistas, forja de dirigentes políticos en la Hungría de entonces. Ambos están en la cuarentena y son los primeros graduados universitarios de familias provincianas de clases trabajadora. Los dos coinciden también en haber sabido aprovechar las ventajas del cambio de régimen cuando las fuerzas del mercado barrieron la antigua Europa comunista. Pertenecen, por tanto, a la generación de nuevos empresarios que supieron hacer rápida fortuna en esta época de transición. No es extraño, por tanto, que los últimos años de la política húngara hayan estado marcados por acusaciones de corrupción a dirigentes de unos u otros partidos con la lógica consecuencia de aumentar el populismo y el escepticismo hacia la clase política. Son los signos característicos de este tiempo poscomunista, bien diferente del tiempo comunista con sus heroicas resistencias.
Antonio R. Rubio Plo
Historiador y Analista de Relaciones Internacionales
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domingo, octubre 29, 2006
70 años de Vaclav Havel: Civismo, lenguaje y mentira
El 70º aniversario de Vaclav Havel (Praga, 5 de octubre de 1936) ha estado marcado, entre otros acontecimientos, por la representación de su obra teatral completa en Nueva York. Es un reconocimiento americano a otra de las “conciencias de Europa”, diecisiete años después de la revolución de terciopelo, ejemplo del triunfo de un auténtico civismo de innegable sello europeo. En la visión de Havel, el civismo no tiene el mismo significado que tendría para Robespierre o Lenin. Civismo son valores y no la sumisión incondicional al poder establecido, por mucho que éste presuma de virtuoso. Civismo es valentía ante las injusticias también en aquellos sistemas que presumen de modélicos; es amor a la verdad en el reino del relativismo; es libertad de las conciencias que no se satisface con migajas externas; es lucha para no acallar la voz de la conciencia que exige responsabilidad en la vida pública... En resumen, el civismo haveliano, presente en la histórica Carta 77, es una ética caracterizada por el amor al bien. Todo un programa válido para las sociedades comunistas y poscomunistas, modernas y posmodernas.
En las obras teatrales de Havel emerge con fuerza su concepto de civismo, capaz de enfrentarse al miedo y la inacción, sensaciones experimentadas por Leopold Kopriva, el protagonista de Largo desolato (1984). Kopriva es un profesor de filosofía, que bebe, se atiborra de medicamentos y se encierra en su casa, temeroso de que la policía pueda un día ir a buscarle. Al final, las autoridades le ofrecen dejarle en “paz” si reconoce públicamente que su libro, molesto para el régimen, no ha sido escrito por él sino por otra persona utilizando su nombre. La alternativa es diabólica –después de todo, el diablo es casi una tradición en Praga-, pues supone privar a Kopriva de su propia identidad. Pero es un personaje muy auténtico al estar marcado por la ambigüedad: ese profesor es a la vez héroe y cobarde. Quizás tenga algo un rasgo en común con personajes de la historia checa como Benes, el presidente checo representante de toda una tradición liberal centroeuropea, pero al mismo tiempo el hombre que tuvo aceptar el compromiso de Munich y el que ratificó, después de la guerra, el decreto de expulsión de los alemanes de los Sudetes.
Havel nunca pone en duda las buenas intenciones de todos sus personajes. Las tiene Kopriva, aunque sirven para subrayar su falta de carácter. Parecen tenerla los dos funcionarios del régimen que le visitan: son correctos y nada agresivos. De hecho, están persuadidos de que contribuyen al bienestar de su país. Mas la gran paradoja de las buenas intenciones, si sólo se quedan en sentimientos, es que incluso pueden llegar a empeorar las cosas. En Largo desolato, la cobardía y la razón de Estado se dan la mano aunque se disfracen de sentido del deber, responsabilidad, paz, justicia... En el fondo todo se explica por la manipulación del lenguaje, denunciado por Havel en 1989 en su discurso de aceptación del premio de la paz de los libreros alemanes. Esta misma denuncia la reiteraría, siendo presidente checo, en la Universidad Internacional de Florida ante una nutrida audiencia del exilio cubano en septiembre de 2002. Señaló que no se puede abandonar una reflexión libre y culta para reemplazarla por un puñado de gastadas consignas utópicas: este camino no nos llevará a un mundo mejor. Havel ha insistido –y sigue insistiendo- en que “el rey está desnudo”. Lo más cómodo sería aceptar el lenguaje de la mentira, creer en él o intentar adaptarse a él. La conciencia ha de rebelarse contra esa violencia verbal y moral, que inexorablemente irá acompañada de alguna violencia física.
Al igual que Agustín de Hipona, Havel podría haber titulado alguno de sus escritos: “Contra los maniqueos”. No cabía secta más purista y más autoconvencida de estar en posesión de la verdad. En tales casos, los adversarios del maniqueísmo se encuentran con una dificultad añadida: se quiere despertar en ellos una especie de mala conciencia porque estarían enfrentándose al “partido del bien”. Es un fruto de la manipulación del lenguaje, pero mientras haya hombres como Havel, no se podrá considerar a la esclavitud como “una forma superior de libertad”.
Antonio R. Rubio Plo
historiador y analista de relaciones internacionales
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La OTAN en Afganistán: ¿Estabilización o guerra?
Cinco años después de la intervención militar en Afganistán contra los talibanes, la OTAN ha asumido el control de las operaciones en el país asiático incluyendo la lucha contra la insurgencia en la región fronteriza con Pakistán. La Alianza inicia así la misión más ambiciosa de su historia, algo que podría llevarle mucho tiempo y cuyo resultado final no está asegurado porque no guarda relación con una victoria estrictamente militar. Con independencia de que la cuestión afgana esté amparada por diversas resoluciones de la ONU y de que sean varias las organizaciones internacionales implicadas en la estabilización del país, algo no funciona porque no se ha transmitido a amplios sectores de la opinión pública occidental, especialmente europea, que la presencia extranjera en Afganistán es una apuesta por la modernización y democratización. En teoría, sería una presencia “onusiana”, pues la OTAN es una especie de subcontrata de la organización mundial, y no sería un dislate calificarla de progresista, pues el bando contrario no es otro que el fundamentalismo talibán. Pero nos engañaríamos si pensáramos esto. Ciertamente Afganistán no es Irak, pero desde el momento en que la actividad guerrillera y terrorista está copiando el modelo iraquí, las consecuencias pueden ser similares.
Hasta el momento las misiones de la OTAN en Bosnia-Herzegovina y Kosovo respondían a un esquema innovador hace una década: eran fuerzas de estabilización, elementos activos en lo que se ha llamado la nation building, esa forma de “protectorado” internacional del siglo XXI. No tenían las limitaciones de los cascos azules aunque tampoco había que combatir en una guerra. Y es que los conflictos de los Balcanes se habían resuelto en pocas semanas ante la evidente superioridad de la tecnología americana. Otro tanto podía decirse de Afganistán: en dos meses del otoño de 2001 los angloamericanos y sus aliados locales lograron entrar en Kabul. Comenzaba un tercer escenario de nation building para la OTAN y otras organizaciones internacionales. En apariencia, la idea de una seguridad basada en la cooperación –lo que ahora también se conoce por multilateralismo- volvía a triunfar.
Se olvidó, sin embargo, que la dimensión militar no es el único aspecto de la seguridad. Los factores sociales, económicos y culturales también cuentan: la corrupción, el cultivo de la droga (104000 ha), la influencia del talibanismo sobre la mayoritaria etnia pastún... Todo un caldo de cultivo para una guerra no convencional en la que los talibanes se presentan como liberadores, sucesores de quienes lucharon contra ingleses y rusos en los siglos XIX y XX. Esta guerra implica ataúdes de vuelta hacia Occidente, algo que desanimará a una opinión pública que no comprende que el conflicto afgano sea otro episodio de la lucha contra el terrorismo islamista y que le resulta incomprensible aquello de que “si no vamos a Afganistán, Afganistán vendrá a nosotros”. Lo dijo un laborista británico, George Robertson, el anterior secretario general de la Alianza, y una expresión similar empleó no hace mucho tiempo el actual ministro de Defensa español. Pero la realidad es que una frase así resulta escandalosa para quien sólo piensa en hospitales de campaña o en reparación de puentes. Imaginemos que la OTAN, nacida para hacer frente a la amenaza soviética, hubiera considerado que una forma de frenar al comunismo era implicarse en Corea o Vietnam... Las reacciones de gobiernos y ciudadanos de países miembros de la Alianza no se habrían hecho esperar. Antes bien, aquellos conflictos terminaron por ser considerados por bastantes personas como nítidos ejemplos de los intereses del imperialismo estadounidense en Asia. No es extraño que muchos europeos de hoy piensen lo mismo. Resultará una tarea casi titánica persuadirles de que se trata de una lucha contra eso que ahora se llama el “islamofascismo”.