Afganistán e Irak, ¿misión de guerra o de paz?

Si repasáramos los documentos producidos sobre Irak y Afganistán por cualquiera de las instituciones europeas, nos encontraríamos un denominador común: apoyo a los gobiernos legítimamente constituidos, a la estabilidad y la democracia, a unas economías abiertas y diversificadas. De la lectura de esos documentos sacaríamos también la conclusión de que Europa es una gran entidad económica, pero que su dimensión política y militar tiene reducidas y preocupantes dimensiones. La Europa económica puede dispensar millones de euros para reconstrucción y asistencia humanitaria, la Europa política ofrecerá conclusiones y hasta contribuirá a elaborar resoluciones de la ONU y... poco más. Al mismo tiempo no se privará de enviar contingentes militares para apoyar procesos electorales en países africanos, en misiones que pueden tener no poco de simbólicas o incluso de virtuales, pues con la tecnología actualmente existente hay misiones que se pueden coordinar desde territorio europeo sin poner el pie en lugares de cierto riesgo.

De este modo, la política de seguridad y de defensa europea adquiere un marcado “espíritu de ONG”, que se caracteriza más por sus resultados de imagen que por su efectividad práctica, porque por muy limpios que pudieran ser los comicios tutelados por los europeos, la solución de los problemas del país en cuestión dependerá de la pericia o/y la buena voluntad de los políticos elegidos. Los casos de Afganistán e Irak son, por el contrario, muy diferentes. Su situación actual debe mucho a que los talibanes y Sadam Hussein fueran derrotados en una guerra precedidas de una invasión extranjera, con o sin el aval del Consejo de Seguridad de la ONU. A la aplastante superioridad militar extranjera, confiada hasta el extremo de declarar oficialmente finalizadas las operaciones bélicas con una aparente victoria, el enemigo ha respondido con técnicas de guerrilla y terrorismo indiscriminado.

Por tanto, la falta de seguridad imposibilita las tareas de reconstrucción, y los militares extranjeros se enfrentan a una situación de guerra sin horizonte, en la que el tiempo parece jugar a favor de quienes practican el terror. Irak no es, desde luego, un terreno abonado para las prácticas de unos militares extranjeros en misión de paz que acompañan a los ancianos a los colegios electorales o llevan a los niños a la escuela. Pero Afganistán también está dejando de serlo – si realmente alguna vez lo fue- y la inseguridad sigue reinando en el sur y el oeste del país, y también hay ejemplos de que la propia Kabul no siempre es segura.

Las técnicas terroristas se importan de Irak, y los que cometen atentados no se preguntan si hubo resoluciones o no favorables de la ONU: para ellos es una guerra de carácter global, en la que los atentados en Europa y Estados Unidos constituyen también episodios bélicos en los que no existen categorías de civiles y militares sino de “creyentes y no creyentes”. Hay un enemigo que no distingue entre europeos y americanos: todos se resumen en la misma denominación de“infieles”.

Las opiniones públicas europeas no quieren saber nada de semejante guerra: antes bien piensan que la presencia no sólo en Irak sino también en Afganistán no es más que un enorme riesgo que pone en peligro las vidas de los soldados y de las poblaciones de los propios países europeos. No es exagerado afirmar que hoy podría repetirse con otros términos lo expresado por el primer ministro británico Chamberlain en 1938: “¿Por qué hay que morir por un lejano país como Checoslovaquia?", Decía hace pocos años el laborista británico Lord Robertson, cuando era secretario general de la OTAN: “Si no vamos a Afganistán, Afganistán vendrá a nosotros”. Respondían estas palabras a la preocupación existente por los llamados “Estados fallidos”, entre los que se cuentan conocidos ejemplos como Somalia, Liberia, Haití o el Afganistán de los talibanes. Son una de las nuevas amenazas internacionales, aunque no haya de combatirse estrictamente con recursos militares.

Los factores sociales y económicos también contribuyen a la formación de esos Estados agonizantes o al borde del colapso. Más la cita de Lord Robertson es además un eco de lo que dice la Estrategia Europea de Seguridad y Defensa, el llamado Documento Solana: “Con las nuevas amenazas, la primera línea de defensa estará en el extranjero”. ¿Cuántos europeos conocen dicho documento? Pocos, sin duda. Mas inquietante es, sin embargo, esta pregunta: ¿Cuántos quieren saber que las llamadas misiones de paz pueden transformarse en misiones de guerra, y no precisamente una guerra convencional?

Antonio R. Rubio Plo
Historiador y analista de relaciones internacionales