Consejo europeo de Bruselas: entre la ampliación y la absorción

Antonio R. Rubio Plo

Diversos han sido los temas tratados en el Consejo Europeo de Bruselas (14 y 15 de diciembre), que cierra la presidencia finlandesa, y bien puede decirse que éste ha sido un “Consejo tranquilo”, pues el posible tema principal, la suspensión de algunos capítulos de la negociación con Turquía, había sido ya abordado por el Consejo de Ministros de Exteriores. Sin embargo, Ankara percibe que la puerta no se ha cerrado sino que se ha quedado entreabierta y esto explica que su reacción haya sido bastante moderada, pues seguirán adelante otros veintisiete capítulos negociadores.

Sin embargo, los Jefes de Estado y de Gobierno han reflexionado sobre la ampliación de la UE. Desde el próximo 1 de enero el club europeo contará con 27 miembros, tras la entrada de Bulgaria y Rumania, países descolgados de la ampliación masiva de mayo de 2004. Pero la realidad es que hay otros Estados llaman a las puertas de Bruselas, donde desde hace algún tiempo se ha iniciado el debate sobre cuáles son las fronteras de Europa. En principio, todo Estado europeo que cumpla una serie de criterios políticos y económicos basados en la democracia liberal y la economía de mercado, puede ser miembro de la Unión. Otra cosa muy diferente es que la UE pueda absorber a nuevos Estados cuando todavía no ha digerido a los recién llegados. La absorción pasa por un sólido entramado de instituciones de la que la organización carece mientras no se apruebe el tratado constitucional.¿Por qué el Parlamento Europeo ha de tener más de 700 diputados? ¿Por qué cada país miembro ha de estar representado por un comisario si la Comisión representa a la Unión y no a los Estados miembros? ¿Seguirá la UE con un presupuesto cicatero cuando cuente con 27 Estados?...

Los burócratas y diplomáticos de la UE han afirmado siempre que la ampliación responde al objetivo de extender la paz y la estabilidad en el continente europeo, cerrando así episodios de una historia trágica. Algunas de esas tragedias son muy recientes, como las guerras balcánicas de la década de 1990, por lo que se ha prometido a los países de la región la integración europea a modo de estímulo que conjure los fantasmas de los conflictos. De hecho, Balcanes es un término que solía ir asociado a luchas étnicas y ambiciones territoriales. Se explica que en 1999 la UE omitiera esta expresión cuando, tras la guerra de Kosovo, puso en marcha el Plan de Estabilidad de Europa Suroriental. En esta región Croacia espera su adhesión como muy pronto en 2009, pues su candidatura no presenta especiales objeciones aunque la ralentización de las ampliaciones, que se percibe en el horizonte, hace pensar en fechas posteriores. En realidad, los problemas están más al sur y se llaman Bosnia-Herzegovina, Serbia, Montenegro, Kosovo, Albania y Macedonia. En ellos no han desaparecido los focos de tensión ni los odios étnicos aunque el “protectorado” internacional impulsado por la UE, que existe en algunos de estos territorios sirve de freno para que los nacionalismos vuelvan a las andadas. Los responsables de la Unión saben que sería un riesgo muy grande –además de una profunda frustración- cerrar las puertas a los países de los Balcanes occidentales. Pero también saben que no pueden vender alegremente a las opiniones públicas europeas que la adhesión de los países balcánicos es una contribución a la paz y la estabilidad. Las consideraciones geopolíticas difícilmente serán entendidas por quienes sólo tienen en cuenta los costes sociales y económicos de las ampliaciones.