Cavaco, a la primera

El electorado ha dado una amplia confianza a Aníbal Cavaco Silva, en medio de la crisis económica, social e incluso identitaria que vive Portugal. Allí no se ha producido el milagro económico irlandés: antes bien, el país estaba a la cola de los 15 miembros de la Unión. La ampliación a 25, con unos países del Este con una mano de obra más cualificada, puede arrinconar aun más a nuestros vecinos. Añádase a esto escasez de infraestructuras, bajos niveles educativos, déficit en nuevas tecnologías... Hay miedo al futuro ante los retos de la globalización. Los electores han buscado, por tanto, a un experto en economía, un ex primer ministro asociado a los primeros años de prosperidad y expectativas de Portugal en la UE.

Los candidatos de izquierda auguraron grandes males si era elegido el ahora presidente. Soares llegó incluso a insinuar que el verdadero propósito de Cavaco sería hacer uso de la prerrogativa presidencial de disolver el Parlamento y eliminar así a un partido socialista que cuenta con mayoría absoluta. De este modo habría nuevas elecciones que darían paso a un Gobierno de la coalición PSD–PP. Pero esto sería un suicidio político para Cavaco, pues ningún presidente en su primer mandato ha disuelto por su cuenta el Parlamento. No está tampoco claro que las urnas favorecieran al centro–derecha, pese a las dificultades del actual Gobierno. Lo más sensato para el presidente Cavaco será cooperar con el ejecutivo y dejar al mismo tiempo oír su voz —la Constitución no se lo prohíbe— acerca de la situación actual, ejerciendo una presidencia activa. Sus rivales, pese a intentar monopolizar el discurso del corazón sobre la razón, han olvidado que en la elección presidencial juegan un papel esencial la intuición, la percepción o los sentimientos. Cavaco transmitía confianza al electorado, pese a la supuesta falta de expresividad y silencio reprochados por sus adversarios. Él exponía sus experiencias de técnico. Los otros se limitaban a agitar el voto del miedo.

Cavaco no será uno de esos presidentes “neutrales”, ignorante de los asuntos públicos y relegados a funciones protocolarias. Los electores han buscado en él una figura carismática, en la línea de sus antecesores como el general Ramalho Eanes. Aspiraban a un “padre de la nación”, lo que demuestra que la tradición monárquica nunca desapareció de Portugal ni del lisboeta palacio de Belem, lugar de residencia real desde el siglo XVIII y ocupado ahora por el presidente de la República.

Antonio Rubio Plo



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jueves, enero 12, 2006

Merkel eb Washington
Hoy comienza la visita de Angela Merkel a Washington, un viaje al que el presidente Bush concede gran importancia, lo que puede apreciarse en el detalle de que la canciller alemana pernocte en Blair House, residencia de huéspedes anexa a la Casa Blanca, para continuar a la mañana siguiente con unas conversaciones que ambas partes consideran de sumo interés. El objetivo es recomponer las relaciones germano-americanas, deterioradas en la época de Schröder.

Durante su discurso de investidura en el Bundestag, Merkel señaló como uno de sus objetivos revitalizar la relación transatlántica. Y es que Alemania debe mucho a esta relación, tan vital para ella a lo largo de las cuatro décadas que van desde el bloqueo de Berlín a la caída del muro. Históricamente, fue más decisiva que el tratado del Elíseo con la Francia gaullista. Reducirla a un plano secundario con el pretexto de centrarse en Europa o de querer jugar a un imposible contrapeso con EEUU no ocasionará beneficios a Berlín y menos en estas horas bajas de la construcción europea.

Pero hay una cierta opinión pública en Alemania que se mueve a gusto por la pendiente del antiamericanismo, sentimiento favorecido por las distintas percepciones sobre la guerra contra el terrorismo islamista -sobre todo, porque no ha existido algo comparable a un 11-S europeo-, y atizado también por las noticias y rumores sobre detenciones y campos de internamiento. Un ejemplo de cómo el clásico debate entre libertad y seguridad, contribuye a la fractura de lo que antes se conocía como "mundo libre".

La cálida acogida de Bush a Merkel y las buenas intenciones de este encuentro no supondrán ocultar las discrepancias, pero la canciller está llamada a ser la socia europea más importante en los tres años que le restan a Bush. Merkel es una persona capaz de exponer con sinceridad las diferencias, aunque al mismo tiempo propondrá incrementar la cooperación en áreas de interés común: Afganistán o los Balcanes, y, por supuesto, Oriente Medio, con sus complejos laberintos de Palestina, Irak o Irán. Después de todo, parecen correr tiempos de multilaterismo para la Administración Bush, en los que seguramente oiremos hablar algo más de la OTAN o de la ONU que en 2003, año de la invasión de Irak. ¿Quién sabe si aumentarán en un futuro no tan lejano las posibilidades de Alemania de ocupar un puesto permanente en el Consejo de Seguridad?