Aparecido en La Gaceta de los NegociosEl balance de la presidencia británica de la UE es decepcionante. En junio, tras la victoria del no en Francia y Holanda, asistíamos a un nuevo Waterloo en el que Blair era Wellington y Chirac, Napoleón. La Constitución quedaba en vía muerta y Blair exponía brillantemente en el Parlamento Europeo un ambicioso programa de reforma de la UE impulsora de la Agenda de Lisboa, en busca de la competitividad perdida, indispensable en la era de la globalización, y que es una de las bases del crecimiento de la economía americana y de los dragones asiáticos.
Los historiadores del mañana harán bien en preguntarse si los atentados del 7–J en Londres tenían también por objetivo socavar el presunto liderazgo europeo de Blair, pues las noticias llegadas desde entonces del Reino Unido hablan, sobre todo, de seguridad y lucha contra el terrorismo global. Los discursos del premier en 2005 se referían a África, al cambio climático, al conflicto de Oriente Medio, a la democracia en el mundo musulmán partiendo de Afganistán e Irak. Quizás sean discursos en los que el primer pensamiento se va más hacia la Commonwealth que hacia Europa. De la dimensión europea del Reino Unido sólo se ha percibido en la opinión pública del Viejo Continente la herencia de Thatcher: el cheque británico y unos presupuestos favorables a los países contribuyentes netos y cicateros con los nuevos miembros de la Unión. El premier más europeísta de la historia puede quedar cuestionado, y surgirá otra inquietud: ¿cabrá esperar algo diferente de Gordon Brown o Cameron?
Tras la reunión informal de Hampton Court a finales de octubre, una periodista francesa escribió que Chirac esperaba con impaciencia el fin de la presidencia británica. Entendemos por qué. Lo peor es la decepción de los países centroeuropeos: recordemos el entusiasta discurso de Blair en la Bolsa de Varsovia en 2000. Eran tiempos en que algunos analistas se complacían en hablar de un eje Londres–Varsovia, ampliado después a Madrid, por no decir también a Roma o Lisboa. No nos extrañará que si Londres se adentra en las brumas del euroescepticismo, los nuevos miembros de la UE pongan sus ojos en Berlín. En todo caso, los británicos no deberían olvidar que si quieren hacer de puente entre Washington y Bruselas, tendrán que tener un papel destacado en el Viejo Continente, sino en el nombre de Europa, por lo menos en nombre del pragmatismo y del equilibrio.
Enrique R. Plo
Historiador y Analista International
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lunes, diciembre 19, 2005
Unión Europea: el Club de los contribuyentes netos
El balance del Consejo Europeo de Bruselas, en lo que se refiere a las expectativas españolas, es el esperado: satisfacción en los medios gubernamentales, que subrayan que España ha salvado los fondos europeos hasta 2013 y no pasa a ser contribuyente neto, y críticas en la oposición: ésta destaca que España ha pasado de percibir 48000 millones de euros –en el período 2000-2006- a poco más de 8000 millones en el período siguiente. Una vez más, la consabida historia del vaso medio lleno y medio vacío, del elogio de lo bien que negoció González en Birmingham en 1992 y de lo mal que lo hizo Aznar en Berlín en 2000 dónde España se habría convertido en uno de los principales financiadores del “cheque británico” aunque siguiéramos recibiendo una cantidad importante de fondos de la Unión... Mas es seguro que las descalificaciones, los argumentos y contraargumentos sobre los fondos europeos, desembocarán, un día u otro, en este razonamiento un tanto simplista que tantas veces hemos oído a los contribuyentes: es “bueno pagar a Hacienda” porque esto indica que mi situación económica es buena.
Es evidente que en los últimos años ha habido un éxito económico español que nos ha acercado a la media europea de riqueza, pero no es menos cierto que las cantidades percibidas han bajado tanto por la llegada de países más pobres como por la negativa de los países contribuyentes netos a incrementar el presupuesto comunitario. Recuerdo que pocos meses antes de la ampliación, un diplomático polaco me decía con cierta amarga ironía: “algunos estarán contentos con lo barata que les ha salido la ampliación”. Los signos de las restricciones que iban a marcar los contribuyentes netos – Alemania, Austria, Francia, Gran Bretaña, Holanda y Suecia- eran perceptibles desde diciembre de 2003. Entonces esos países se pusieron de acuerdo para advertir que rechazarían cualquier aumento del presupuesto que sobrepasara el 1% del presupuesto comunitario. Era una advertencia que sembraba inquietud tanto en los países de la ampliación como en los del sur de Europa, miembros de la UE. El resultado lo tenemos hoy y para el futuro: una Europa con menor presupuesto relativo, y más asustada no sólo por una globalización en la que va perdiendo competitividad sino también por la posibilidad de integrar a nuevos miembros, por mucho que éstos pudieran cumplir los criterios políticos y económicos establecidos por Bruselas. En esta ocasión, Josep Borrell, presidente del Parlamento europeo, ha hecho un acertado análisis: en la Unión se ha establecido un mecanismo perverso que consiste en razonar en términos de “contribuyentes netos” en vez de “beneficiarios netos”. A este respecto, convendría recordar que los beneficiarios no sólo son los países menos desarrollados: su crecimiento económico y el aumento de su nivel de vida beneficiarán a todos los miembros de la UE. Esto lo suscribiría cualquier pragmático representante del liberalismo económico, inglés o no.
Los criterios restrictivos de los contribuyentes netos tienen mucho que ver con la deriva de las finanzas públicas de algunos de ellos como Alemania, que años atrás defendía un rigor presupuestario para los países de la zona euro. Los últimos años de gobierno de Schröder se caracterizaron precisamente por el interés en limitar el presupuesto de la Unión, y además el ex canciller tuvo la habilidad de descargar sobre otros países como Francia, España o Italia la mayor parte del importe del “cheque británico”. Y no es casualidad que haya sido Alemania el país que ha sido decisivo para evitar un fracaso en el Consejo de Bruselas que habría añadido más desprestigio a la UE, pese a que el nuevo presupuesto podía haberse aprobado perfectamente en las presidencias austriaca o finlandesa a lo largo de 2006. La propuesta de Ángela Merkel de un presupuesto del 1’045% del PNB, a medio camino entre el 1’06 propuesto en junio por la presidencia luxemburguesa y el 1’03 ofrecido ahora por la presidencia británica, ha triunfado y esto supondrá 13000 millones de euros más para los países de la ampliación. No cabe duda de que Merkel se apunta una importante baza a la hora de impulsar las relaciones con los países al este de Alemania, erróneamente descuidados en las horas más triunfalistas que triunfales de ese eje franco-alemán que representaban Chirac y Schröder. Hay también indicios de que en Europa se recomponen algunas alianzas: sin ir más lejos la de Francia y Polonia unidos en la defensa común de la política agraria, hasta el punto de publicar conjuntamente sus respectivos ministros de Asuntos Exteriores un artículo el pasado jueves en el Financial Times. No olvidemos tampoco otro aspecto negativo para Blair, posiblemente el primer ministro británico más europeísta de la Historia: su presidencia ha sido percibida como poco europeísta, muy apegada al cheque británico y cargada de elocuentes discursos pero de escasas realizaciones concretas. Una consecuencia evidente: el euroescepticismo seguirá ganando terreno en Gran Bretaña. Tendremos la oportunidad de comprobarlo cuando en junio de 2006 los Veinticinco tengan que tomar decisiones sobre el futuro de la Constitución europea.
El 16 de diciembre de 2005 salieron vencedores en Bruselas, cómo no podía ser menos, los contribuyentes netos. ¿Nos consolaremos acaso pensando que España e Irlanda, tal y como afirmaba Blair en la última rueda de prensa, pronto integrarán la categoría de esos contribuyentes?
Antonio R. Rubio Plo
historiador
y analista de relaciones internacionales