Turquía en Europa: Geoestrategia, valores y miedos

La polémica sobre si Turquía debe ser admitida como miembro de pleno derecho en el club europeo no se acallará en mucho tiempo, con independencia de la escenificación de apertura de unas negociaciones en las que la meta temporal de diez años parece casi una eternidad, dado el vértigo de los acontecimientos que sacuden a la Europa y el mundo de nuestros días. En cualquier caso, la percepción de una Turquía integrada en Europa es bien diferente según los distintos ángulos.

El analista internacional se centrará en las oportunidades geoestratégicas que presenta Turquía en la configuración de la UE como uno de los grandes actores de la escena internacional en el siglo XXI. Su visión será la del pragmatismo: verá ventajas en los gaseoductos o oleoductos que cruzan Turquía procedentes del Caúcaso, en el dinamismo de la economía turca en continuo crecimiento desde 2001, en la oportunidad de asegurar una de las puertas traseras europeas del tráfico de drogas y de seres humanos; y esto sin contar la posibilidad de que una Turquía en la UE pudiera ser útil para desmentir la inquietante tesis del “choque de civilizaciones”: el ingreso de este país permitiría ganar crédito a la Unión en el mundo árabe y musulmán, y acaso fuera también un factor que contribuyera a integrar a esa minoría de 15 millones de musulmanes que viven en la UE. Pero un analista que esgrima estos argumentos seguramente será inglés si es europeo, o a lo mejor se trata de un norteamericano, alguien que defienda el proyecto de la Administración Bush, the Greater Middle East, y vea a Turquía como un ejemplo de la compatibilidad entre democracia e Islam, un modelo a seguir para la democratización del mundo árabe, un país musulmán que es aliado de Israel, el punto de partida para un Oriente Medio más seguro y estable. No es extraño que Londres y Washington sean quienes demuestren mayor entusiasmo por la integración de Turquía en la UE. En la postura de los anglosajones prima la geoestrategia, aunque alguno de los argumentos no tiene bases consistentes sino superficiales. Por ejemplo, el que Turquía pueda ser un modelo democrático para los países árabes. El peso de siglos de dominación turca sigue siendo un foso insalvable entre turcos y árabes. Antes bien, el valor de Turquía es ser un aliado seguro para EEUU en un limes conflictivo, ayer frente a Rusia, hoy frente a la inestabilidad o amenazas que puedan provenir de Siria, Irak e Irán.

Muy diferente sería la percepción de un filósofo, que pondría en cuestión la candidatura turca, al hacer hincapié en los valores judeocristianos y grecolatinos que han forjado la identidad europea. Si fuera un historiador, acaso nos recordaría a Carlos V o al polaco Jan Sobieski deteniendo a los turcos ante los muros de Viena. Se diría que el canciller austríaco, el democristiano Wolfgang Schuessel, tiene bien presente aquellos asedios vieneses cuando propone que Turquía tenga una asociación privilegiada con la UE, pero en ningún caso debería ingresar en ella. Este segundo tipo de percepción, basado en difusas rememoraciones históricas, está presente en la opinión pública de muchos países occidentales que quizás se figuran que la Turquía actual es una especie de reliquia islámica medieval, y desconocen que su Constitución proclama, expresamente como la francesa, un régimen laico, pues el fundador de la República, Kemal Atatürk, fue un gran admirador de la Revolución Francesa, y las ideas que influyeron en él y sus colaboradores se sustentaban en el positivismo de Comte, el solidarismo de Durkheim y el orientalismo de Renan. Todo muy progresista y nada musulmán. No sabemos si la opinión pública francesa conoce mayoritariamente estos detalles, pero aunque sea así, no le importarían demasiado. Lo único real es que hay 70 millones de turcos y los fondos europeos, entre ellos los agrícolas, no son ilimitados. La geoestrategia y los valores se rinden ante el miedo. El no del referéndum francés lleva implícito un rechazo a más ampliaciones. De ahí que las encuestas en Francia aseguren que un referéndum sobre la adhesión de Turquía conllevaría un 70% de votos negativos, y algo parecido podría decirse de lo que sucedería en Alemania aunque en este último país están excluidas las consultas plebiscitarias. El miedo de los franceses a los turcos es del mismo género que el temor al fontanero o al dentista polaco.

Puede que Turquía sufra más de un desplante en interminables negociaciones, que amenace en más de una ocasión con abandonar la mesa, y que incluso tenga que conformarse provisionalmente con un estatus de “socio privilegiado”, mas sus élites seguirán creyendo que su destino inevitable es Europa: no hay un papel para Turquía en Oriente Medio o en Asia Central como potencia regional.