¿A quien favorece una gran coalición en Alemania?

En nuestro anterior artículo sobre Alemania, exponíamos cómo la política europea alemana debería cambiar si Merkel llegaba a la cancillería, o en cualquier caso, quien fuera el nuevo canciller tendría que apartarse de muchas de las orientaciones interiores y exteriores de la era Schröder. Sin embargo, no está tan claro que vaya a ser así aunque otro democristiano ocupara la cancillería, dados los socios dispares de una posible coalición. Y es que entre las posibilidades que se perfilan para el futuro político de Alemania está la de la gran coalición, entre democristianos y socialistas, una especie de gobierno de gestión que también encontramos en otros países en el pasado reciente: Austria, Israel.. Históricamente la gran coalición alemana tiene sus precedentes en la que encabezara entre 1966 y 1969 el democristiano Kurt Kiesienger, pero que realmente sirvió para abrir camino a los gobiernos socialdemócratas de Brandt y Schmitt con el apoyo de los liberales, hasta la llegada de Kohl en 1982. También en Austria la gran coalición de 1986 desembocaría en gobiernos socialdemócratas posteriores. Siguiendo con los paralelos: en Israel la coalición entre los derechistas del Likud y los laboristas favoreció electoralmente, al menos hace dos décadas, a estos últimos.

Una gran coalición entre el SPD y la alianza CDU-CSU no será la solución para los problemas reales de Alemania, habida cuenta de la disparidad de los programas. Tampoco lo sería ahora mismo la repetición de elecciones, pues el electorado alemán ha sido víctima del voto del miedo, alentado hábilmente por Schröder que ha vendido la idea de que Merkel iba a desmantelar el Estado del bienestar. Es difícil de creer que la gran coalición, aunque nos lo vendan así, vaya a ser un ejercicio de deber y servicio al país, pues no ha calado en la opinión pública el mensaje de que las reformas económicas sean urgentes para devolver a Alemania su papel de locomotora de la UE. No se transmite la percepción de que sea una situación de cierta emergencia lo que hace necesario un gran acuerdo poselectoral. Es más bien una cuestión de aritmética parlamentaria o de interesados cálculos políticos hasta la próxima convocatoria a las urnas. El resultado será un gobierno que ralentizará las reformas, pues el SPD, con Schröder en el gobierno o sin él, no se apartará de los eslogans del hasta ahora canciller: economía de mercado sí, pero sociedad abierta hacia los débiles; política de apaciguamiento no, sino de defensa de la paz... Estos eslogans son tranquilizadores y políticamente correctos, halagadores de un electorado que más que una gran Alemania, con liderazgo de influencia en Europa, querría una gran Suiza apacible y ensimismada en su aparente prosperidad. Si Alemania desea realmente la prosperidad, tiene que modificar su modelo socioeconómico e introducir reformas estructurales profundas. Es díficil que sea así cuando algunos políticos se aferran a tácticas coyunturales para seguir en el poder y no dispongan de una visión estratégica a largo plazo para Alemania y Europa. Se explica que los empresarios alemanes no estén muy entusiasmados ante la perspectiva de una gran coalición: ésta no abordará, por conveniencias políticas, las reformas audaces que necesitaría la economía alemana. Se comprende su escepticismo sobre que el nuevo gobierno pueda acabar con los altos índices de desempleo y déficit presupuestario.

En esta situación, un democristiano como el socio de Merkel, el bávaro Edmund Stoiber (CSU), a la cabeza de la cancillería en una posible gran coalición, sólo puede ser el mascarón de proa sobre el que el electorado vierta su descontento ante unas reformas, por mínimas que sean. En estas circunstancias, el SPD estaría encantado, y previamente lo estaría por otro motivo: se habría cumplido la exigencia de Schröder de que Merkel no dirigiera la gran coalición. Los socialdemócratas sacarían, en definitiva, ventaja de la rivalidad política entre Stoiber y Merkel.

Antonio R. Rubio Plo


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miércoles, septiembre 14, 2005

Lord Jim, el ególatra
En algunos ensayos de Michael Ignatieff o André Glucksmann, en los que se analiza el terrorismo islamista, se recurre a personajes literarios a modo de claves de interpretación de las conductas de unos individuos que elevan el morir matando a la categoría de gloria. Los citados autores nos hablan de Medea o Emma Bovary, diferentes en apariencia de las “bombas humanas” actuales. Las comparaciones no son, sin embargo, tan extrañas, porque en los recovecos de la conducta humana conviven el bien y el mal, y criaturas aparentemente frágiles pueden aflorar toda una carga de odio y violencia; y esto a pesar de las diferentes épocas históricas o de bienintencionados proyectos de ingeniería social.

En otras ocasiones, la acción asesina no será un efecto de odios soterrados, sino de lo que Isaiah Berlin calificaba de “necesidad de reconocimiento”. Otro personaje literario, el Lord Jim de Joseph Conrad, es un prototipo de dicha necesidad. Jim es un marino que pretende borrar con un acto heroico su cobardía y la de la tripulación de su buque, el Patna, que escapa con sus escasos botes salvavidas y abandona a su suerte a 800 pasajeros musulmanes que van a La Meca. Años después, en la isla malaya de Patusan, no podrá evitar el asesinato del hijo de Doramin, un jefe nativo amigo suyo. Jim ofrece al padre su vida como “compensación” por la de su hijo. Tal es su acto “heroico” postrero, pleno de autosatisfacción. Sin duda, Jim muere convencido de su superioridad moral.

El terrorista suicida guarda ciertas analogías con Jim. No sabemos si en lo profundo de su conciencia creerá en ese paraíso prometido de oasis y huríes, pero, por de pronto, tiene rápido acceso al paraíso de la fama terrenal y mediática que conlleva la muerte concebida como espectáculo, una muerte que obedece también a la necesidad de reconocimiento por su familia y su comunidad. Lo que mueve la acción terrorista ya no es una liberación nacional o la lucha por una sociedad perfecta. Con esos objetivos se matan a otros, pero no a uno mismo. Mas, al igual que Jim, el suicida se equivoca al pensar que la redención es obra de la egolatría. No hay más grandeza moral por desear morir con un esbozo de sonrisa en los labios. Coincide con Jim en considerarse en el fondo perfecto, y en haberse alejado voluntariamente de los demás seres humanos que para él son imperfectos. Su erróneo concepto de la dignidad le impide afrontar con los otros las duras condiciones de la existencia. Al final, su superioridad moral radica en unos cuantos kilos de explosivos.

Antonio R. Rubio Plo


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