Las críticas a los nacionalismos son frecuentes en muchos intelectuales de orientaciones diversas, sean liberales, católicos o bien de cualquiera que asuma posiciones universalistas o cosmopolitas. A decir verdad, esas críticas no están tan bien vistas como años atrás, cuando acabó la guerra fría y muchos pensaban en el advenimiento de un orden mundial basado en postulados racionalistas y democráticos.Ni que decir tiene que esas críticas se tornan más arriesgadas y suscitan incredulidad – o más bien hostilidad- en los lugares en que los nacionalismos viven horas ascendentes como es el caso de la España actual. Quizás una de las razones es que algunos de esos críticos tienden a comparar continuamente esos nacionalismos con el nazismo, con los modelos históricos de un nacionalismo autoritario basado en la sangre y la espada, de superhombres y expansionismo territorial. Todas esas imágenes –ni en forma de consecuencia futuras- no resultan perceptibles para nuestra sociedad posmoderna, más preocupada por los aspectos laborales o lúdicos de la vida, aunque no necesariamente por este orden. Esa sociedad mira a los políticos nacionalistas y no ve por ningún lado camisas monocolores, brazaletes con distintivos, ni juventudes que corren al son del silbato.
En realidad, los nacionalismos están adaptados a los tiempos, a la “era de los derechos” que decía Norberto Bobbio. Se presentan como una expresión de los derechos de un colectivo, y ya se sabe que los colectivos –sean grandes o pequeños, reales o imaginarios- gozan de todas las bendiciones en esta época de pasión por la igualdad, la no discriminación y la tolerancia. Una izquierda que ha hecho bandera de estos valores nunca negará sus derechos colectivos a los nacionalistas, ni siquiera con el argumento de que las pretensiones de los nacionalismos atentan contra los valores universales que el socialismo preconizaba desde los tiempos de Marx.
En momentos en que los colectivos se pueden multiplicar hasta el infinito, las señas de identidad específica se hacen más fuertes que todas aquellas otras que se refieran a la común condición de los seres humanos. El resultado será una sociedad fragmentada, incomunicada en sus habitáculos particulares en los que libremente ha aceptado encerrarse, y en consecuencia acabará quebrando esa cacareada solidaridad, muchas veces reducida a una módica aportación económica para el remoto Tercer Mundo o a la casilla desgravadora del IRPF.
Otra ventaja para los nacionalismos: esa sociedad no conoce –ni quiere conocer porque supone la penosa obligación de estudiar - la Historia. Los nacionalismos, en cambio, son plenamente historicistas en estos tiempos ahistóricos. Sean conscientes o no, su principal referencia del pasado sería la Revolución Francesa, y no tanto el nacionalismo etnicista alemán. Son, en definitiva, jacobinos, que en la práctica se sentirían identificados con Danton, que reclamaba audacia, audacia y audacia para sus propósitos transformadores de la sociedad. Encajaría bien en este escenario político español del “más difícil todavía”, en el que no hay que pararse en la marcha hacia los objetivos y hay que hacer gala de nervios de acero para mostrarse impermeable a los ataques de los medios críticos. Es la lógica del ingeniero social: el tiempo juega a nuestro favor y hará irreversible la normativa que produzcamos.
En esta apoteosis de la “eficacia” política suenan muy reales estas palabras de un autor admirado y citado por los hombres de la Revolución Francesa. Se trata de Maquiavelo en los Discursos sobre Tito Livio (1, III, 41): “Cuando se trata de la salvación de la patria, no hay justicia ni injusticia, ni piedad ni crueldad, ni elogio ni vergüenza: son éstas unas consideraciones que hay que sacrificar”. Sin embargo, si un nacionalista leyera estas palabras, argumentaría que no le mueven consideraciones maquiavélicas: sólo la lucha por los derechos, por la justicia, conceptos ambos que hoy sirven con sólo nombrarlos para infundir una cierta aureola de bondad. Pero el maquiavelismo al que me refiero no es de los tópicos: el de los puñales o los venenos a la florentina. El maquiavelismo no es otro que el relativismo que lo supedita todo a los fines que, por supuesto, son presentados como benéficos y justos. En esta misma línea relativista, otro revolucionario francés, Fouché, afirmaría que el republicano no tiene otro dios que su patria. Son expresiones bien actuales, y para afirmarlas –con palabras o con hechos- no hace falta llevar camisas pardas o negras.
Antonio R. Rubio Plo
historiador
y analista de relaciones internacionales
# posted by Enrique @ 9:44 AM 0 comments
lunes, marzo 27, 2006
El futuro de Serbia
24 de marzo de 2006. La inesperada muerte de Milosevic no abre, como algunos han dicho, más posibilidades de reconciliación para la sociedad de Serbia. Antes bien, este país va a vivir momentos decisivos en las próximas semanas que bien podrían activar un nacionalismo radical. Es cierto que Serbia ha dejado de ser una amenaza para sus vecinos ex yugoslavos: lo peor es que ahora la amenaza reside dentro de ella misma y una futura inestabilidad también puede desestabilizar a sus vecinos.
Bruselas ha hecho un objetivo prioritario de la entrega de Ratko Mladic y Radovan Karadzic al tribunal penal internacional, hasta el punto de condicionar el inicio de las conversaciones sobre un acuerdo de asociación con la UE a la entrega de Mladic antes de abril. Si esta exigencia no se cumple porque Belgrado no quiere –o quizás no puede-, y las conversaciones son suspendidas, esto dará fuerza a los independentistas de Montenegro, de cara al referéndum de autodeterminación del próximo 21 de mayo.
Los partidarios de la independencia, con el presidente Djukanovic a la cabeza, venderán el mensaje de que Serbia es una rémora en el camino hacia Europa. Habría llegado, por tanto, la hora de la secesión, que debe ser ratificada con el 55% de los votos. Se frustrarían así las expectativas de la UE, que pretende mantener una confederación de Serbia y Montenegro conforme al acuerdo firmado por Solana en 2002, y de paso se crearía el peligroso precedente de que en Europa puede prevalecer el derecho de autodeterminación sobre el derecho de integridad territorial. Cuando Milosevic gobernaba en Belgrado, la independencia de Montenegro no era vista con inquietud por algunos dirigentes europeos. Pero ahora las perspectivas han cambiado.
Más inquietante es, sin embargo, la independencia de Kosovo. La UE y Estados Unidos buscarán, sin duda, alguna formula jurídica para consolidar una independencia de facto, como la que existe ahora. Quizás esté en la línea de esos nacionalismos posmodernos que aspiran a construir un Estado dentro del Estado, pero no olvidemos que esos nacionalismos –y el kosovar no es una excepción- nunca renunciarán a la independencia total.
Estas independencias traerán consigo otro efecto no deseado: muchos serbios verán la figura de Milosevic como la de un héroe nacional, pues él no hubiera consentido la fragmentación de Serbia. El resultado puede ser una Serbia más inestable, más cerrada en sí misma y más escéptica sobre su futura adhesión a la UE. Será comprensible el ascenso electoral de los partidos radicales.
Antonio R. Rubio Plo
historiador
y analista de relaciones internacionales
# posted by Enrique @ 11:15 AM 0 comments
miércoles, marzo 15, 2006
Slobodan Milosevic: terror y tragedia del nacionalismo serbio
La repentina muerte de Slobodan Milosevic nos recuerda la paradoja de que un mismo hombre pueda ser considerado un asesino o un héroe, pero esto siempre sucede –y en todas las latitudes- cuando los nacionalismos demonizan a sus adversarios y adoptan las habituales actitudes victimistas. En cualquier caso, Milosevic superaba la categoría de personaje político o histórico para adquirir incluso los rasgos de los arquetipos literarios, en particular los de Shakespeare. Para algunos analistas, era la representación del envidioso y pérfido Yago; para otros el del ambicioso y dubitativo Macbeth, pues también su esposa, Mira, ha sido presentada como la Lady Macbeth de Serbia.
Se dice que en su primera comparencia ante el Tribunal Penal Internacional, hace casi cinco años, Milosevic eludió la respuesta a su declaración de culpabilidad o inocencia, con una autosuficiente respuesta evasiva: “Ese es vuestro problema”, una contestación que pretende situarse más allá del bien y del mal. No es extraño porque esto era lo que encarnaba el régimen de Milosevic, un hombre que se desplazó con suma facilidad del comunismo al nacionalismo. Cuando un Estado –o el gobierno que dice representarlo- está persuadido de ser el único depositario de las esencias de la sociedad, la nación o la democracia, su reacción siempre será arremeter contra todos aquellos que, a su juicio, “propagan la destrucción espiritual y, sobre todo, moral de la sociedad”.
Estas expresiones, que recuerdan al comunismo estalinista de la vieja usanza y no a los comunismos ecologistas y posmodernos, las utilizó Slobodan Milosevic en su discurso de toma de posesión como presidente de Yugoslavia en julio de 1997. Iban dirigidas a periodistas o a intelectuales críticos, aquellas personas que, según Milosevic, no hacían más que exagerar su verdadera importancia. El líder serbio – que quería seguir siendo yugoslavo- era de los que creían en la “democracia numérica”: los opositores si son una minoría, nunca pueden estar en lo cierto y lo corroboraba con una frase que suscribiría cualquier gobernante de eso que se ha venido en llamar “democraturas”:
“¿Qué significan dos o tres intelectuales en comparación con veinte mil trabajadores?”.
El proyecto de la Gran Serbia de Milosevic, construida por medio de la limpieza étnica y de una Historia presentada en visión hemipléjica, oscilaba entre lo sublime y lo ridículo. En todo caso, era trágico, tras las cuatro guerras desencadenadas por Milosevic contra Eslovenia, Serbia, Bosnia y Kosovo en su desesperado intento de mantener ese panserbismo que dio origen a Yugoslavia –o Serboslavia- al terminar la Primera Guerra Mundial. La década de 1990 marcó una apoteosis de la irracionalidad en la ex Yugoslavia, contempló la realidad de que unos vecinos, que habían convivido pacíficamente durante cuarenta años, podían perfectamente matarse a tiros en la Europa de hoy. Se argumentaba entonces y ahora que eran peculiaridades balcánicas, ecos del pasado de dominación otomana en el sureste de Europa, pero el camino de la agresividad verbal a la violencia física no siempre es lejano y no está sometido a coordenadas geográficas. De aquel delirio nacionalista serbio, con tintes seudorreligiosos, da muestra este fragmento de unos llamados “versos malévolos” y que pude leer hace años en una publicación del ejército yugoslavo. En esos versos, la “divina” Serbia lanzaba este grito a los países occidentales:
“¡Crucificadme en lo alto de un monte como vuestros antepasados crucificaron a mi antepasado Jesucristo de Nazareth!”.
Se dice ahora que la muerte de Milosevic debería servir para reconciliar a la sociedad de Serbia, pero este país vivirá en los próximos meses nuevas pruebas traumáticas, que pueden desembocar en la secesión definitiva de Montenegro y Kosovo, y que la UE pretende desdramatizar. Con un Milosevic en el poder, las previsibles modificaciones territoriales hubieran sido contestadas desde Belgrado con la violencia. Desde Bruselas se arbitrarán, sin duda, formulas jurídicas para hacer más llevaderas unas independencias de facto. Lo que no sabemos hasta qué punto aumentará la frustración del pueblo serbio, sobre todo en el caso de Kosovo, pues muchos podrían recordar al desaparecido presidente como un héroe nacional.
Antonio R. Rubio Plo
historiador
y analista de relaciones internacionales
# posted by Enrique @ 6:44 AM 0 comments
sábado, marzo 04, 2006
La asociación estratégica de la India y EEUU
Algunos titulares de prensa se centran en actos de protesta contra la visita de Bush a la India o en estallidos de violencia que se relacionan con la llegada del presidente americano, pero esas imágenes de información apresurada de telediario no pueden hacernos perder de vista un asunto esencial: el tiempo está consolidando la asociación estratégica entre Nueva Delhi y Washington, algo que era previsible desde la visita de Clinton a la India en marzo de 2000. Por aquel entonces, el director del Instituto de Estudios Estratégicos de Pakistán, se refería a esta naciente asociación como el “advenimiento de lo inevitable”, pues implicaba dejar en un segundo plano a Pakistán, el tradicional aliado de Washington en los años de la guerra fría, su mejor base de operaciones durante la ocupación soviética de Afganistán.
Extrañas alianzas de la guerra fría: la democracia americana apoyaba a las dictaduras militares pakistaníes frente a la India, siempre definida como la “mayor democracia del mundo”, y Nueva Delhi mantenía una fluida relación con los soviéticos, favorecida por las habituales tesis de tercermundismo y no alineación que defendieran los primeros ministros Nehru e Indira Gandhi. No siempre se recuerda que EEUU intentó mejorar siempre sus relaciones con la India y que incluso suministró equipamiento militar al ejército hindú durante la guerra contra China de 1962.
Mas la guerra fría tenía mucho de esquemas mentales simples:
el enemigo es el comunismo. Si el islamismo es anticomunista, es mi amigo. Esto nos recuerda a quienes consideraban en la Europa de la década de 1930 que el nazismo podía servir para combatir al comunismo.
En los inicios del siglo XXI, las perspectivas han cambiado radicalmente y Washington quizás haya reconocido en su fuero interno que sus políticas de la guerra fría en Asia sirvieron, por un lado, para alentar el islamismo radical en el mundo árabe y musulmán, tras la retirada de los soviéticos de Afganistán, y sobre todo, para acrecentar la influencia de China en Asia: los chinos tuvieron mucho que ver, por ejemplo, con la bomba atómica pakistaní.
Pero se trataba entonces de contener al comunismo soviético y sus aliados, sin reparar que las otras alternativas eran peligrosas a medio plazo. No será extraño que dentro de un tiempo algún presidente americano visite Vietnam, tradicional rival de China en la región. Entraría dentro de la lógica de los últimos acontecimientos en un continente asiático, en el que sigue imperando la política del equilibrio, muy común en el escenario europeo durante siglos. Evidentemente la India no apostará en exclusiva por EEUU: también le interesan las asociaciones estratégicas con la Unión Europea, y en particular con Francia. Recordemos la reciente visita de Chirac a Nueva Delhi. Franceses y americanos coinciden en cortejar a la India, paralelamente a la progresiva y apreciable mejora de relaciones entre Washington y París.
Los peligros que provienen de Oriente Medio favorecen este cambio. También pretende la India tener importantes relaciones de cooperación con Rusia y China, pero en el mundo de hoy no hay relaciones excluyentes: lo que pasa es que algunas son más destacadas que otras. No olvidemos que desde los tiempos de Gorbachov Moscú pareció elegir una relación privilegiada con Pekín, dejando de lado viejas rivalidades. La asociación ruso-china se presenta como contrapeso a EEUU en Asia y la región del Pacífico, pero el efecto secundario de la misma es debilitar los lazos forjados entre Moscú y Nueva Delhi durante la guerra fría. Si a esto añadimos las dificultades en las relaciones entre EEUU y Pakistán, donde el islamismo radical suele enseñorearse de la calle, o los focos talibanes existentes en Afganistán, tendremos buenas razones para entender que la asociación estratégica entre Washington y Nueva Delhi se hace obligada en lo político, lo militar y, por supuesto, lo económico. Es el “advenimiento de lo inevitable”, como decía hace seis años aquel analista pakistaní.
Antonio R. Rubio